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LAS SEMILLAS, PATRIMONIO DE LOS PUEBLOS
Y EL PELIGRO DE LOS TRANSGÉNICOS

 Documento de trabajo de la Asamblea Nacional de Aniversarios

1. Cada vez que un campesino o una campesina resiembra una parte de su cosecha, escogiendo las semillas de sus mejores plantas para multiplicarlas, nuevos rasgos aparecen en su campo. A través de un intercambio frecuente de semillas y favoreciendo ciertos cruces o criterios de selección, los campesinos renuevan la diversidad y la variabilidad indispensables para la adaptación de sus variedades a los distintos suelos, a los diferentes climas y a las cambiantes necesidades humanas.

Así ha sido durante miles de años, desde la invención de la agricultura, y en ese proceso de mejoramiento campesino de las semillas descansa la diversidad de cultivos disponibles en la actualidad. Generaciones de campesinos han creado, conservado y renovado millones de variedades diferentes que han garantizado sus alimentos y los de generaciones futuras. Las semillas representan una riqueza invaluable, son un patrimonio de los pueblos y están en la base de la alimentación de la humanidad.

2. Las plantas que se cultivan hoy en día, como el maíz, el tomate, la calabaza, el aguacate y el frijol —por nombrar algunas de las que México es centro de origen— se domesticaron a partir de plantas silvestres recolectadas y posteriormente sembradas por los pueblos indígenas. Pero en el proceso estas plantas silvestres tuvieron muchos cambios desde su forma natural. Por ejemplo, plantas sin muchas diferencias entre sí, como las poblaciones de maíz teosintle o de frijol ayocote silvestre, dieron lugar a diferentes tipos de maíz (unas 60 razas) y de frijol (flor de mayo, bayo, garbancillo, negro, Jamapa, peruano...), cada uno con diferentes características de sabor, color, duración del ciclo de vida, tiempo de cosecha, resistencia a las heladas, a la sequía, etcétera. Este proceso de diversificación ha sido posible porque las plantas cultivadas comparten con el resto de los seres vivos la característica de no ser cosas estáticas o fijas en el tiempo, sino que presentan variaciones y están sujetas a cambios.

3. Las culturas indígenas de nuestro país se gestaron en su relación con las plantas cultivadas. Estas culturas y la clase campesina actual son depositarias de conocimiento agrícola de una relevancia tal que, aunque se trate de saberes formalmente despreciados, son parte del botín que se disputan en la actualidad las trasnacionales.

La diversificación de los cultivos en sus centros de origen y diversidad se ha articulado alrededor de la búsqueda y recreación constante de nuevas semillas y plantas. Esta búsqueda está orientada no sólo a incrementar los volúmenes de las cosechas, sino a tener plantas útiles según los diferentes usos. Al seleccionar una semilla de maíz, por ejemplo, para su cultivo en el siguiente ciclo, no solamente se han seleccionado ciertas características adecuadas para un clima y suelos determinados. En este proceso de escoger las semillas también se seleccionan las características más adecuadas a un tipo particular de consumo, a un uso acorde con una cierta forma de relaciones sociales. Basta intentar hacer pozole utilizando maíz palomero para percatarse de la relevancia de la selección para un uso específico.

4. Cuando las comunidades campesinas tienen en sus manos el control de las semillas, controlan tanto un bien de consumo y sus cualidades, como una parte de los medios de producción que determina qué características tendrá su alimentación y cómo influirá en la cultura comunitaria y en la vida misma de las personas. En cambio, cuando la producción de alimentos es reducida a un medio para la generación de ganancias para unos cuantos, la diversidad cultural, biológica y de valores de uso es deformada brutalmente. Lo que importa es a quién genera ganancia la semilla, a qué empresa corresponde la patente, quién controla su distribución y venta.

5. Todas las semillas “mejoradas” por la industria provienen de semillas seleccionadas y desarrolladas por centenas de generaciones de campesinos, saqueadas de sus campos sin ninguna remuneración. Las patentes no hacen más que legalizar esta biopiratería escandalosa.

6. Desde la revolución verde de los años 1950 y 1960 se ha promovido el uso de semillas producidas industrialmente como base de la agricultura. El proceso de producción de semillas transgénicas en la actualidad es un paso más del avance del capitalismo hacia la conversión de las semillas en mercancías.  El despojo en este caso culmina cuando las empresas trasnacionales como Monsanto patentan sus semillas, obligando a que, cada vez que se quiera sembrar, se tenga que comprar. La semilla como producto mercantil, sea híbrida (producto de las cruzas planeadas) o transgénica (resultado de la modificación por ingeniería genética) se convierte así en insumo que entra al ciclo de los grandes productores agroindustriales que controlan el mercado mundial de alimentos.

La imposición de un sistema de patentes sobre las semillas mejoradas ha sido clave en la formación de los monopolios trasnacionales de la alimentación, pero que lo mismo producen herbicidas, semillas y fertilizantes, que pinturas o venenos.

7. La Ley de Bioseguridad y Organismos Genéticamente Modificados, aprobada en ambas Cámaras, a inicios de 2005 —por todos los partidos políticos—, garantiza la posibilidad de introducir la siembra de semillas transgénicas de frijol, maíz, tomate, algodón o calabaza, cultivos domesticados y diversificados en México. En el caso del algodón, los datos de la Sagarpa indican que para 2009 se autorizó la siembra con fines “experimentales” de 113 mil hectáreas de algodón transgénico.

8. En octubre del año pasado, pocos meses después de una reunión de Calderón con el director de Monsanto, el gobierno federal autorizó 15 solicitudes para realizar experimentos con maíz transgénico en los estados de Sinaloa, Sonora y Tamaulipas rompiendo una moratoria de más de 11 años. Nueve de los permisos fueron para Monsanto y seis para Dow Agro Science, para “probar” algunas semillas resistentes a herbicidas y a plagas en 12.7 hectáreas.

En 2010, sin tener los resultados de su supuesta experimentación, el gobierno aceptó otra veintena de solicitudes de las mismas trasnacionales, a las cuales se agregó Syngenta. Las nuevas solicitudes pretenden ocupar más de mil hectáreas.

A pesar que México dispone de tecnologías que le permiten resolver los problemas de producción sin poner en riesgo la variedad de maíces nativos, ni la salud de los consumidores ni el medio ambiente, el gobierno decidió apostar por Monsanto, respondiendo más a intereses particulares que al bien público, porque no hay razones legales ni científicas ni productivas o éticas para otorgar los permisos de siembra experimental de maíz transgénico en ninguna entidad pues en todo el territorio nacional existen razas nativas de maíz.

En cambio Monsanto sí tiene sus razones: se estima que en caso de que la siembra comercial de maíz transgénico se apruebe, el mercado nacional podría arrojarle a esa trasnacional ganancias cercanas a los 400 millones de dólares al año. Pero entonces las variedades nativas estarían condenadas a desaparecer por la contaminación transgénica.

9. Hay evidencia de que en al menos 15 estados de la república se ha reportado la presencia de contaminación transgénica. Uno de los estudios más conocidos fue el realizado por el científico Ignacio Chapela, publicado en noviembre de 2001. Chapela documentó la presencia de maíz transgénico en Oaxaca, hecho confirmado meses más tarde por varios investigadores mexicanos. El caso desató una fuerte polémica ya que ni siquiera las restricciones legales impuestas por el gobierno mexicano pudieron impedir la presencia de transgénicos en zonas consideradas como centro de origen del maíz. Imaginemos lo que ocurrirá cuando se autorice la siembra comercial.

En ningún país del mundo, siendo centro de origen y diversidad, se ha aprobado la liberación de materiales transgénicos a campo abierto. Lo que está pasando en México es un atentado en contra de la seguridad alimentaria de toda la humanidad.

10. Desde el año pasado, la UNORCA inició una campaña mediante foros de información y análisis y en medios y bardas bajo la bandera de: ¡No al maíz transgénico! ¡Fuera Monsanto! Se llevaron a cabo foros en Navojoa (a pocos kilómetros de uno de los centros de experimentación), Chilpancingo y Zacatecas. Después en Guadalajara y en Morelia se denunció la experimentación de maíz transgénico en México como un crimen de lesa humanidad. Son ya muchas las voces que se han levantado contra este crimen: desde la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad hasta el ayuntamiento de Tepoztlán que inició una controversia constitucional en el mismo sentido. Nuestra meta es lograr la prohibición definitiva del maíz transgénico en nuestro país y mantener la lucha contra las patentes de semillas, así como fomentar el libre intercambio de semillas, el rescate de experiencias locales de conservación, de ferias campesinas para compartir sabidurías, intercambiar semillas y productos agroecológicos dinamizando los mercados locales.


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